lunes, 13 de octubre de 2014

"A VUELAPLUMA"
LOS TOROS DE FERMOSELLE
Luis Cortés Vázquez nació en Caravaca de la Cruz (Murcia) el año 1.924 falleciendo en Salamanca en 1.990. Pasó su niñez y juventud  en Zamora y Salamanca. Filólogo, investigador de las artes populares  e historiador destacó por su labor en la Universidad de Salamanca, donde ejerció la docencia durante más de treinta años. Cortés publicó numerosos artículos y ensayos sobre el arte de la ciudad de Salamanca además de analizar dialectos como el Leonés o situar a Salamanca en un contexto literario e histórico. También sobresalió  como fotógrafo y cineasta documental. Tuvo una gran relación con Fermoselle, pues su abuelo  Leocadio Vázquez Coello ejerció como boticario en la localidad. Entre sus obras reseñamos “Donde Sayago termina…FERMOSELLE” 
De esta obra trascribimos el texto dedicado a LOS TOROS escrito en torno al año 1.947. “Para verificar estos encierros del lunes y del martes, todas las bocacalles del recorrido, se habían taponado con carros y cancillas, aunque no faltaba año en que algún toro se escapaba. Y aún ciertamente se provocaba por los mozos, con lo que  aumentaba la emoción por el peligro, y se hacía repicar incesantemente a la campana concejil, dando cuenta de él.
Constituyen los encierros, sin duda alguna, la más bella estampa de los toros fermosellanos, con el mocerío que corre ante los bichos, llevando el rojo pañuelo chulapo en torno al cuello, sin que falten jamás algunas mocitas decididas y valientes. El paso bajo el Arco, enfilando la bajada final, hacia la Plaza, resulta de una belleza inolvidable.
Pero tiene mayor emoción y hondura, el grupo de viejas mujeres que, encaramadas sobre las Peñas de las Fontanicas, chillan estridentemente al paso del tropel humano y animal: mozos, caballistas, toros y cabestros, que remueven en sus entrañas, ya próximas a hallar reposo en la tierra, vivencias juveniles que cada año en estos días, mientras aliente un soplo de vida en ellas, remueven su sangre transformándola en grito.
Pasan los siete toros cada día, arropados por casi otros tantos mansos, precedidos y seguidos por la juvenil marea humana, hasta dar con todos en la plaza, donde tras las dificultades y apuros, cada año renovados, quedan entorilados los morlacos.
Viene una pausa hasta las diez, que se aprovecha para almorzar, y vuelta a la plaza para verificar la prueba, y elegir el toro que, por la tarde en la corrida, se lidiará en último lugar al ser designado toro de muerte, por más bravo”.

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