martes, 30 de diciembre de 2025

 COMPAÑEROS EN EL TIEMPO

AL BORDE DE LA CALLE

En la tranquila calle de Cuatro Calles en la barriada de Santa Coloma, en Fermoselle, donde la piedra antigua parece recordar pasos que ya nadie escucha, la Navidad llega sin estruendo. No hay villancicos altisonantes ni luces desmedidas: solo un aire frío y limpio que huele a leña lejana, a musgo húmedo y a espera. Allí, al borde de la calle, reposan dos compañeros en el tiempo: un árbol y un banco. Banco y árbol. Siempre juntos, como si el uno no pudiera explicarse sin la presencia del otro.



El árbol se alza con la dignidad tranquila de quien ha visto pasar los años sin moverse, dejando que las estaciones le escriban arrugas en la corteza. En diciembre, sus ramas desnudas dibujan filigranas contra el cielo pálido, y cuando cae la tarde parecen brazos abiertos, dispuestos a cobijar. Bajo su sombra —más intuida que real en esta época— descansa el banco, gastado por la intemperie y por los cuerpos que se han rendido a él buscando un respiro. La madera conserva el eco de conversaciones, de silencios compartidos, de suspiros que nadie reclamó como propios.

Durante el día, la plazoleta es un espacio de paz y de silencio. Los pasos son pocos y respetuosos; quien llega lo hace casi pidiendo permiso. Algún anciano se sienta un rato, envuelto en su abrigo, y deja que el tiempo se aquiete. Un senderista extraviado, tal vez, apoya la mochila y agradece el descanso como un regalo humilde. Nadie sospecha que, al hacerlo, es recibido por amigos invisibles, antiguos y fieles, que ofrecen fraternidad sin palabras. El banco abraza con paciencia; el árbol protege con su presencia. Ambos saben dar sin exigir, acompañar sin invadir.



Pero es en la noche cuando la Navidad revela su secreto. Cuando las ventanas se apagan una a una y el pueblo se recoge en el calor doméstico, la plazoleta queda entregada a la luna. Entonces, dicen, el banco y el árbol despiertan a otra forma de vida. No se mueven, no hablan como los humanos, pero se reconocen. Entre la madera del uno y las raíces del otro circula un entendimiento antiguo, una ternura que no necesita gestos. Juegan a un amor imposible, consciente de sus límites y, por ello mismo, eterno.

La luna, alta y clara, les presta su luz como si bendijera ese encuentro silencioso. Y no están solos. Desde la esquina de la calle, con paso sigiloso y ojos atentos, se acerca un felino de pelo negro. Es el guardián nocturno, el testigo discreto. Se sienta cerca, vigilante, con la elegancia de quien conoce su papel en el mundo. Bajo su mirada brillante y penetrante, nada amenaza la intimidad de los enamorados inmóviles. Él cuida la frontera entre el sueño humano y la vigilia secreta de las cosas.

En esa hora profunda, el frío no duele. La Navidad se siente como un manto invisible que cubre la plazoleta: una promesa de paz que no necesita palabras ni celebraciones. El banco y el árbol, árbol y banco, disfrutan de la soledad compartida, de la compañía que no pesa. Saben que al amanecer volverán a ser lo que siempre han sido a los ojos de todos: un lugar para sentarse, una sombra que espera. Pero también saben —y eso basta— que mientras los humanos duermen su sueño pasajero, ellos siguen ahí, compañeros en el tiempo, ofreciendo amistad y fraternidad a quien, sin saberlo, se deja acoger por sus brazos y su sombra.

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