COMPAÑEROS EN EL TIEMPO
AL BORDE DE LA CALLE
En la tranquila calle de Cuatro Calles en la barriada de Santa Coloma, en Fermoselle, donde la piedra antigua parece recordar pasos que ya nadie escucha, la Navidad llega sin estruendo. No hay villancicos altisonantes ni luces desmedidas: solo un aire frío y limpio que huele a leña lejana, a musgo húmedo y a espera. Allí, al borde de la calle, reposan dos compañeros en el tiempo: un árbol y un banco. Banco y árbol. Siempre juntos, como si el uno no pudiera explicarse sin la presencia del otro.
El árbol se alza con la dignidad
tranquila de quien ha visto pasar los años sin moverse, dejando que las
estaciones le escriban arrugas en la corteza. En diciembre, sus ramas desnudas
dibujan filigranas contra el cielo pálido, y cuando cae la tarde parecen brazos
abiertos, dispuestos a cobijar. Bajo su sombra —más intuida que real en esta
época— descansa el banco, gastado por la intemperie y por los cuerpos que se
han rendido a él buscando un respiro. La madera conserva el eco de
conversaciones, de silencios compartidos, de suspiros que nadie reclamó como
propios.
Durante el día, la plazoleta es un espacio de paz y de silencio. Los pasos son pocos y respetuosos; quien llega lo hace casi pidiendo permiso. Algún anciano se sienta un rato, envuelto en su abrigo, y deja que el tiempo se aquiete. Un senderista extraviado, tal vez, apoya la mochila y agradece el descanso como un regalo humilde. Nadie sospecha que, al hacerlo, es recibido por amigos invisibles, antiguos y fieles, que ofrecen fraternidad sin palabras. El banco abraza con paciencia; el árbol protege con su presencia. Ambos saben dar sin exigir, acompañar sin invadir.
La luna, alta y clara, les presta su
luz como si bendijera ese encuentro silencioso. Y no están solos. Desde la
esquina de la calle, con paso sigiloso y ojos atentos, se acerca un felino de
pelo negro. Es el guardián nocturno, el testigo discreto. Se sienta cerca,
vigilante, con la elegancia de quien conoce su papel en el mundo. Bajo su
mirada brillante y penetrante, nada amenaza la intimidad de los enamorados
inmóviles. Él cuida la frontera entre el sueño humano y la vigilia secreta de
las cosas.
En esa hora profunda, el frío no
duele. La Navidad se siente como un manto invisible que cubre la plazoleta: una
promesa de paz que no necesita palabras ni celebraciones. El banco y el árbol,
árbol y banco, disfrutan de la soledad compartida, de la compañía que no pesa.
Saben que al amanecer volverán a ser lo que siempre han sido a los ojos de
todos: un lugar para sentarse, una sombra que espera. Pero también saben —y eso
basta— que mientras los humanos duermen su sueño pasajero, ellos siguen ahí,
compañeros en el tiempo, ofreciendo amistad y fraternidad a quien, sin saberlo,
se deja acoger por sus brazos y su sombra.
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