miércoles, 31 de diciembre de 2025

EL PULIJÓN CIERRA 2025 CON SATISFACCIÓN Y PROYECTOS DE FUTURO

Llegados a este punto del año, tendemos a echar la vista atrás para recordar los momentos de todo tipo que han conformado los 365 días transcurridos, con sus aciertos y sus fracasos. Unos y otros van llenando la cesta anual de cada persona y de cada grupo.

También en el Pulijón valoramos lo realizado durante este 2025 que finiquita en el día de hoy, y nos sentimos satisfechos de todo cuanto se ha llevado a cabo desde la Asociación, tanto en lo desarrollado de cara al exterior como en lo dedicado de manera específica a nuestros socios.

Todas las actividades realizadas —reuniones gastronómicas, pasacalles, actividades culturales, encierros infantiles, visitas a nuestras bodegas, la cesión del domicilio social a otras asociaciones e instituciones, la venta de lotería (aunque en esta ocasión no hubo suerte) y, muy especialmente, la celebración de la 40.ª edición de la Muestra de Música y Danza Tradicional, con la participación de la Asociación de Tamborileros Juan de la Encina, Vanesa Muela y Luis A. Pedraza en tres fechas diferentes, dan fe de la agenda festivo-cultural programada y ejecutada por el Pulijón durante el año que está a punto de concluir.

Nos sentimos satisfechos y contamos ya con una sólida base de trabajo de cara al próximo 2026, que esperamos sea del agrado de socios, vecinos y simpatizantes del Pulijón. A todos ellos va dirigido nuestro esfuerzo.

Desde esta página oficial os deseamos un venturoso y esperanzador 2026, acompañado de buena salud para todos. Que se cumplan todos vuestros 

martes, 30 de diciembre de 2025

 COMPAÑEROS EN EL TIEMPO

AL BORDE DE LA CALLE

En la tranquila calle de Cuatro Calles en la barriada de Santa Coloma, en Fermoselle, donde la piedra antigua parece recordar pasos que ya nadie escucha, la Navidad llega sin estruendo. No hay villancicos altisonantes ni luces desmedidas: solo un aire frío y limpio que huele a leña lejana, a musgo húmedo y a espera. Allí, al borde de la calle, reposan dos compañeros en el tiempo: un árbol y un banco. Banco y árbol. Siempre juntos, como si el uno no pudiera explicarse sin la presencia del otro.



El árbol se alza con la dignidad tranquila de quien ha visto pasar los años sin moverse, dejando que las estaciones le escriban arrugas en la corteza. En diciembre, sus ramas desnudas dibujan filigranas contra el cielo pálido, y cuando cae la tarde parecen brazos abiertos, dispuestos a cobijar. Bajo su sombra —más intuida que real en esta época— descansa el banco, gastado por la intemperie y por los cuerpos que se han rendido a él buscando un respiro. La madera conserva el eco de conversaciones, de silencios compartidos, de suspiros que nadie reclamó como propios.

Durante el día, la plazoleta es un espacio de paz y de silencio. Los pasos son pocos y respetuosos; quien llega lo hace casi pidiendo permiso. Algún anciano se sienta un rato, envuelto en su abrigo, y deja que el tiempo se aquiete. Un senderista extraviado, tal vez, apoya la mochila y agradece el descanso como un regalo humilde. Nadie sospecha que, al hacerlo, es recibido por amigos invisibles, antiguos y fieles, que ofrecen fraternidad sin palabras. El banco abraza con paciencia; el árbol protege con su presencia. Ambos saben dar sin exigir, acompañar sin invadir.



Pero es en la noche cuando la Navidad revela su secreto. Cuando las ventanas se apagan una a una y el pueblo se recoge en el calor doméstico, la plazoleta queda entregada a la luna. Entonces, dicen, el banco y el árbol despiertan a otra forma de vida. No se mueven, no hablan como los humanos, pero se reconocen. Entre la madera del uno y las raíces del otro circula un entendimiento antiguo, una ternura que no necesita gestos. Juegan a un amor imposible, consciente de sus límites y, por ello mismo, eterno.

La luna, alta y clara, les presta su luz como si bendijera ese encuentro silencioso. Y no están solos. Desde la esquina de la calle, con paso sigiloso y ojos atentos, se acerca un felino de pelo negro. Es el guardián nocturno, el testigo discreto. Se sienta cerca, vigilante, con la elegancia de quien conoce su papel en el mundo. Bajo su mirada brillante y penetrante, nada amenaza la intimidad de los enamorados inmóviles. Él cuida la frontera entre el sueño humano y la vigilia secreta de las cosas.

En esa hora profunda, el frío no duele. La Navidad se siente como un manto invisible que cubre la plazoleta: una promesa de paz que no necesita palabras ni celebraciones. El banco y el árbol, árbol y banco, disfrutan de la soledad compartida, de la compañía que no pesa. Saben que al amanecer volverán a ser lo que siempre han sido a los ojos de todos: un lugar para sentarse, una sombra que espera. Pero también saben —y eso basta— que mientras los humanos duermen su sueño pasajero, ellos siguen ahí, compañeros en el tiempo, ofreciendo amistad y fraternidad a quien, sin saberlo, se deja acoger por sus brazos y su sombra.

martes, 23 de diciembre de 2025

 RAÍCES QUE SE ABRAZAN EN NAVIDAD

En estas fechas de encuentro y reflexión, la Asociación Cultural El Pulijón desea hacer llegar su más cordial felicitación navideña a todos sus socios y simpatizantes, agradeciendo profundamente el compromiso, la cercanía y la dedicación que demostráis a lo largo de todo el año.

La hermandad que une a quienes formáis parte de esta asociación es, sin duda, su mayor fortaleza. Una unión basada en la colaboración desinteresada, el respeto mutuo y el amor compartido por nuestra sociedad y por Fermoselle, valores que dan sentido a cada iniciativa y a cada proyecto emprendido.

Que el próximo año nos permita seguir avanzando juntos en esta dinámica de cooperación y entrega, fortaleciendo los lazos que nos unen y manteniendo vivo el espíritu cultural y humano que define a El Pulijón. Que no falte la ilusión, la solidaridad y el compromiso con nuestro pueblo y su gente.

Recibid nuestros mejores deseos de paz, bienestar y esperanza.
¡Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo!

#JuntosHacemosPueblo #ElPulijón #Fermoselle #Cultura #Hermandad

jueves, 18 de diciembre de 2025

 A VUELA PLUMA

CAMILO JOSÉ CELA

 EL ENIGMA LINGÜÍSTICO DE LA “CIRRIPONA”

Es bien sabido que Fermoselle ha despertado, a lo largo del tiempo, el interés de diversos autores: algunos nacidos en la propia localidad o en su entorno más cercano, y otros foráneos que, atraídos por la singularidad del lugar, le han dedicado libros completos o, al menos, breves pero significativos pasajes dentro de sus obras. Estas referencias forman ya parte de una tradición literaria que, aunque modesta en número, resulta valiosa para la memoria cultural del pueblo.


Sin embargo, bastante más desconocido —al menos así lo ha sido para mí— es el hecho de que D. Camilo José Cela, una de las figuras más relevantes de la literatura española contemporánea y Premio Nobel de Literatura, se acordase explícitamente de Fermoselle en una de sus novelas. Se trata de La Cruz de San Andrés, obra con la que obtuvo el Premio Planeta en el año 1994, y que forma parte de su extensa y enriquecedora producción.

Releyendo esta novela días atrás, encontré una referencia concreta a nuestro pueblo en el quinto y último capítulo, que lleva por título “Desenlace, coda final y sepelio de los últimos títeres”. En ese tramo final del relato, Cela menciona de manera conjunta a Torregamones, Fermoselle y Formariz, vinculándolos a un uso lingüístico supuestamente común en la comarca. El pasaje completo dice así:

“Fernando Gambiño no tuvo suerte porque le dieron garrote sin esperar a que lo matase la cirripona que llevaba a cuestas, él no lo sabía, ni el juez, ni el verdugo tampoco, pero Dios sí, a Dios no se le oculta nada y menos las decadencias, los hundimientos y los derribos, por Torregamones, por Fermoselle y por Formariz llaman cirripona al cáncer de hígado, esto de los nombres de las enfermedades es muy aventurado y huidizo, se escapa frecuentemente de los lexicones y hasta de los usos…”

Más allá del interés literario del fragmento y de la propia mención de Fermoselle en una obra de Cela, lo que realmente llama la atención es el término “cirripona”, que el autor atribuye a esta zona de Sayago como denominación popular del cáncer de hígado. Se trata de una palabra que, al menos en la experiencia personal y colectiva que he podido recabar, resulta completamente desconocida.

He consultado a numerosas personas del entorno, especialmente a vecinos de edad avanzada, depositarios naturales de la memoria oral del lugar, y ninguno recuerda haber escuchado jamás ese término. En lo que respecta a Fermoselle, puedo afirmar que nunca lo oí a mis antepasados ni a otros hablantes tradicionales, ni siquiera en contextos relacionados con la enfermedad o el lenguaje popular.

Asimismo, he recurrido a distintos diccionarios, glosarios y recopilaciones léxicas sobre el habla tradicional de Sayago y, más específicamente, de Fermoselle, sin obtener resultado alguno. La palabra no aparece registrada en ninguna de estas fuentes, ni siquiera como variante local o forma en desuso. Tras una búsqueda insistente, he de reconocer que he quedado en el intento, sin lograr dar con su origen o con un testimonio fiable de su empleo real.

Todo ello abre varias posibilidades: que se trate de un vocablo muy localizado y ya desaparecido, que fuese usado durante un periodo breve y marginal; que perteneciera a algún estrato del dialecto sayagués hoy perdido; o incluso que estemos ante una licencia literaria de Cela, quien, como es bien sabido, gustaba de recrear y enriquecer el lenguaje popular, mezclando términos auténticos con otros recreados o reinterpretados con gran libertad expresiva.

Sea como fuere, la mención de Fermoselle en La Cruz de San Andrés y el misterio que rodea a la palabra “cirripona” constituyen una curiosa y sugerente anécdota literaria. Un pequeño detalle que, más allá de su exactitud filológica, vuelve a situar al pueblo en el mapa simbólico de la literatura española y nos invita a reflexionar sobre los límites difusos entre lengua viva, memoria oral y creación literaria.

lunes, 15 de diciembre de 2025

 DourOliva:

La familia que ha devuelto el alma aceitera a Fermoselle con su Museo del Aceite

Si difícil es encontrar una familia de emprendedores en lo que se ha dado en llamar la España vaciada, más difícil aún es hallar un verdadero ejemplo de emprendimiento familiar arraigado al territorio. Sin embargo, en Fermoselle, corazón de los Arribes del Duero, la familia Díez Ramos —Tomás Díez, Isabel Ramos y su hijo Alberto— está demostrando que la innovación, la tradición y la pasión por la tierra pueden convivir y prosperar.




Desde hace unos años, estos emprendedores apostaron por un producto tan valioso como simbólico: el aceite de oliva virgen extra, ese “oro líquido” que comercializan bajo la marca DourOliva. Su proyecto ha crecido con fuerza, consolidándose día a día gracias a la calidad del producto y al compromiso con la identidad local.

Pero la visión de la familia iba más allá de la simple comercialización. Mientras DourOliva tomaba forma, Tomás Díez decidió adquirir un edificio cargado de memoria: la última almazara que molturó aceitunas en Fermoselle, propiedad de Ricardo Regojo y conocida popularmente como la “Tahona del Tío Largo”. ¿El objetivo? Nada menos que rescatar del olvido un oficio ancestral y transformarlo en un espacio vivo de divulgación.



Así nació el Museo del Aceite de DourOliva, inaugurado el 27 de julio de 2024 en una fábrica que data de 1883 y estuvo en funcionamiento hasta 1999. Un lugar donde pasado y presente dialogan a través de máquinas, aromas y recuerdos que, de otro modo, habrían quedado perdidos.



El proyecto ha supuesto un enorme esfuerzo de recuperación y restauración. Bajo la dirección de Alberto —hoy alma visible de la iniciativa— la familia rescató piezas originales de la tahona y reunió, gracias a vecinos y amigos, numerosos utensilios relacionados con la elaboración del aceite. El resultado es impresionante: molinos trituradores, vasijas, tinajas decantadoras, romanas, sinfines, zafras, prensas hidráulicas con sus capachos, bombas de pistón, batidoras, filtros, calderas, infernillos… Una colección completa que permite revivir el proceso tradicional, incluso con algunas máquinas funcionando ante los visitantes.



En la antigua almazara se recuerda cómo las aceitunas se trituraban hasta obtener una pasta que luego se prensaba para separar el aceite del alpechín —o alperujo, como también se denomina en la zona— siguiendo técnicas que durante generaciones definieron la economía local.

El recorrido museístico se completa con un aula de formación y catas gastronómicas donde los visitantes pueden degustar aceites, vinos, mermeladas y otros productos locales. Aquí se desvelan los secretos del AOVE, se transmiten conocimientos y se celebra la riqueza culinaria de los Arribes. En ocasiones, la experiencia culmina con cenas maridadas y actuaciones profesionales, convirtiendo el museo en un punto cultural y social único en la comarca.


El esfuerzo no ha pasado desapercibido. Pasado el verano, el Museo del Aceite de DourOliva recibió el premio al Mejor Oleoturismo con Experiencia Maridaje en los Premios a la Excelencia Turística 2025. Un logro que otorga prestigio nacional e internacional a esta iniciativa familiar, capaz de fusionar tradición olivera con propuestas gastronómicas y culturales de vanguardia.




Lo que la familia Díez Ramos ha creado va más allá de un museo: es un compromiso con la memoria, la identidad y el desarrollo sostenible de Fermoselle. Su labor demuestra que el patrimonio no solo se conserva, sino que puede reactivarse para generar riqueza, turismo y orgullo local.



La última almazara privada de Fermoselle vuelve a respirar, no como un vestigio del pasado, sino como un faro para el futuro. Y todo gracias a una familia que creyó en su tierra, en su historia y en el poder del emprendimiento rural.

Desde la Asociación Cultural El Pulijón, entidad a la que pertenecen Isabel y Tomás, felicitamos a toda la familia por el éxito de esta iniciativa a la vez que le deseamos un futuro prometedor y duradero.

jueves, 11 de diciembre de 2025

 PANCARTA DEL PULIJÓN…AGOSTO 1983

El año 1983 quedó grabado en nuestra memoria colectiva como una fecha decisiva para el futuro del Pulijón. No era un año cualquiera: celebrábamos una década de vida, diez años que rompían los augurios de aquellos que, movidos por la envidia o la incredulidad, habían pronosticado que nuestro espíritu se disiparía con el tiempo, como ceniza llevada por el viento. Pero no fue así. Lejos de diluirse, la esencia pulijonera había echado raíces profundas durante esa primera decena, consolidándose con una fuerza difícil de ignorar.

La pancarta de aquel año hablaba por nosotros. Sin adornos ni imágenes, solo con una frase que resumía a la perfección la respuesta a los agoreros:
“…Y AL DÉCIMO DESCANSO. EL PRÓXIMO HABLAREMOS…”



Era una declaración de intenciones. Habíamos llegado al décimo, y sí: hablaríamos en el siguiente, y en el otro, y en los que vinieran. Lo demostramos cumpliendo veinte, treinta, cuarenta y, finalmente, cincuenta años. La historia ha sido testigo de que la fortaleza del Pulijón nunca dependió del azar ni de favores externos.




Y es que nadie nos regaló nada. A lo largo de aquellos primeros años hubo momentos complicados, intentos de zancadillas y obstáculos que amenazaron con truncar el camino. Pero cada uno de ellos fue sorteado con la misma determinación que caracteriza a nuestra Junta Directiva, cuya firmeza y buen hacer mantuvieron el rumbo siempre claro.

Como símbolo del entusiasmo y la buena salud de la asociación, en aquel X Aniversario se decidió obsequiar a cada socio con una pequeña “escultura”: el anagrama metalizado del Pulijón, cuidadosamente anclado sobre una peana donde figuraban grabados el nombre y los apellidos de su destinatario. Un detalle sencillo, pero cargado de significado, que muchos aún conservamos como un recordatorio tangible de la fuerza de nuestros inicios.




1983 no solo fue un año de celebración; fue el año en que confirmamos que habíamos llegado para quedarnos. Un punto de inflexión que marcó la senda por la que el Pulijón seguiría avanzando durante décadas.

Otros detalles que complementan a este año:

-El número de socios se situó en los 81.

-Se aprueba el reglamento de concesión del “Pulijón de Oro”.

-Estreno del uniforme actual: camisa y pantalón o falda blancos con chaleco azul celeste.

-Se modifican las cuotas anuales estableciendo la cantidad de 4.000 ptas.

-El poeta fermosellano Alfredo Silva Almeida presenta uno de sus libros en el espacio de usos múltiples de la Asociación.



-Presentación del estandarte con el anagrama confeccionado por las monjas dominicas de Zamora ubicadas en el Monasterio de Santa María la Real de las Dueñas, en el barrio de Cabañales