“LA PEÑA EL LOBO”
Se dice, según
aparece en el libro “Historias y leyendas de Fermoselle” escrito por Roberto Fariza
que “Al calor y resplandor de la lumbre
en las largas noches de invierno contaban nuestros abuelos una historia que a
los niños conmovía y atemorizaba, pues hablaba de la trágica muerte de una niña
de muy corta edad que desafortunadamente acabó siendo devorada por un lobo.
La historia o leyenda dice así:
Al final del camino del Fréjino, justo donde comienza el sendero que nos lleva a los pagos conocidos como Meneo y Mundín, se encuentra “La Peña el Lobo”. Esta peña que colinda con el camino y que un día unos campesinos escogieron para depositar junto a ella los aperos de las caballerías y de labranza, sus prendas y cestas con el almuerzo y otros útiles y pertenencias, también dejaron allí un bebé de pocos meses de vida.
Mientras uno despojaba a las caballerías de sus
monturas y correajes y las apeaba o ataba para que pastaran próximas, los demás
se preparaban para los trabajos que iban a realizar en el campo, trabajos de
mucho esfuerzo, laboriosos y entretenidos, como por ejemplo era el desbrozar y
acondicionar un monte para posteriormente gaviar ese terreno y poder plantarlo
de majuelos y formar una viña. En estos trabajos solían colaborar todos los
miembros de una familia.
Los hombres con picachón y azadón en mano, comenzaron a excavar las gavias donde posteriormente se plantarían los majuelos, mientras las mujeres acarreaban con cestos y capachos los trozos de piedras y pizarra granítica que amontonaban en las llamadas torroñas; estas piedras luego serían empleadas para construir las típicas casitas de campo, las cuales servían de refugio en los días de mal tiempo o simplemente para pasar la noche en las viñas y olivares lejanos a la población. También se utilizaban para construir los paredones con los que formaban los bancales que tenían como función retener la tierra y hacer cultivable las laderas, en algunos casos arribes muy pronunciados, de esta forma se aprovechaban los desniveles del terreno en las proximidades de los ríos Duero y Tormes, permitiendo cultivos inverosímiles en la zona.
Tal era el afán y la ilusión de la familia por terminar la labor y ver pronto los majuelos plantados en la viña, que descuidaron la atención sobre el bebé de pocos meses, el cual bien arropado dormía plácidamente acurrucado a la brigada de la gran roca, rodeado de otras pertenencias, como el morral, la cesta con la comida, la garrafa de la espiensa (vino de muy poca graduación alcohólica), la cántara del agua, las alforjas, etc.
A media mañana pararon para descansar un poco y echar las 10, como se suele decir por los habitantes de esta localidad, o sea, almorzar y así reponer fuerzas. La madre de la niña se adelantó para atender a su hija, comprobando aterrorizada cómo la pequeña no se encontraba en el lugar donde la había dejado; la manta y paños que la envolvían se encontraban dispersos por el suelo y alguno presentaba pequeñas manchas de sangre; su grito alertó al marido y demás familiares que apresuradamente corrieron en su auxilio; junto a las telas se veía un pequeño reguero de sangre, que siguieron y el cual les llevó hasta el lugar donde un lobo había devorado a la niña, encontrándose un escenario dantesco y macabro, pues solo un puñado de pequeños huesos ensangrentados habían quedado esparcidos por aquel lugar, lugar que el lobo había abandonado previamente al ser alertado por los gritos.
Desde entonces dicho lugar es conocido como “La Peña
el Lobo” y en la propia roca podemos observar esculpidos las formas de varios
huesos que el lobo dejó en el lugar. Se desconoce quién talló dichas formas en
la roca, pero posiblemente fuese algún familiar que quiso dejar grabado para
siempre y dejar constancia de lo sucedido y a la vez mandar un mensaje a los
demás vecinos y gentes del lugar: “No descuides nunca la atención de vuestros
hijos pequeños.
Autor del libro “HISTORIAS Y LEYENDAS DE FERMOSELLE”



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