LA VIRGEN DE LA BANDERA VUELVE A SU CASA DEL CONVENTO DE SAN JUAN BAUTISTA
Desde esta tarde, la Virgen de la Bandera vuelve a ocupar su lugar en la hornacina situada en el altar mayor del santuario, donde permanecerá durante el resto del año. O, como comentan algunos vecinos con esa manera tan nuestra de expresar el cariño por las cosas de Fermoselle: «Ya la hemos dejado en su casita», en el Convento de San Juan Bautista, donde es venerada y querida por los fermosellanos.
Con sumo
respeto, en silencio y con la sencillez que caracteriza este momento, la imagen
ha sido portada por cuatro personas que, al ritmo de la flauta y el tamboril,
han marcado con seguridad y maestría un paso propio para esta ocasión. Delante
de ellos, las miradas de los fieles se dirigían hacia la Madre que amamanta a
su Hijo, en una hermosa representación de entrega, ternura y amor profundo. El
Niño, cobijado en el regazo de quien lo quiere y protege, parece recordarnos en
esta despedida que la Virgen seguirá estando ahí, velando por su pueblo.
Y bien podemos decir que este año la Virgen de la Bandera ha tenido trabajo de sobra. Nuestra Patrona ha sido, como cada año, la encargada de acompañar y proteger a los fermosellanos durante unos festejos taurinos en los que el riesgo y la emoción vuelven a darse la mano. Su manto inmaculado se convierte, para muchos, en símbolo de esa protección que se invoca antes de que comience cada festejo y que se agradece cuando todo termina felizmente.
No cabe duda de que para algo servirán las oraciones que tantos fermosellanos le dedican. Más aún cuando, en determinados momentos, algunos vecinos han estado muy cerca del peligro y alguna persona llegó a ser alcanzada por los novillos. En esas circunstancias, la mirada se dirige inevitablemente hacia la Virgen y son muchos quienes sienten que su protección ha vuelto a hacerse presente. Para los creyentes, esos momentos tienen algo de milagro; para todos, la Virgen representa esa mano protectora a la que Fermoselle se encomienda año tras año.
Conviene
recordar que esta tradición ha ido adaptándose con el paso del tiempo.
Antiguamente, la Virgen de la Bandera era bajada desde el Convento de San
Francisco hasta la iglesia parroquial de la Asunción el Domingo de Toros. Con
los años, la procesión se trasladó al domingo que da comienzo a la Semana
Grande, una modificación que permite que nuestra Patrona permanezca más cerca
de los vecinos precisamente cuando las calles y el coso taurino reúnen a una
mayor concentración de personas.
La devoción a la Virgen de la Bandera, sin embargo, va mucho más allá de estos días grandes. Forma parte de la historia, de las costumbres y de la memoria colectiva de Fermoselle. Así queda reflejado en el folleto de la Novena a la Santísima Virgen de la Bandera, donde se recuerda que, desde muy antiguo, se celebra todos los años del 31 de agosto al 8 de septiembre, festividad del Nacimiento de Nuestra Señora, jornada en la que tradicionalmente se celebra función solemne y fiesta local en la Villa de Fermoselle.
También se
conserva la antigua costumbre de sortear, entre los donantes de limosnas
durante el novenario, un cuadro de la Virgen y un cordero, así como otro cuadro
ampliado entre quienes, durante la recolección de aceite, contribuían con una
cantidad destinada a la lámpara que luce ante su altar. Son pequeñas historias
que quizá hoy nos parezcan lejanas, pero que ayudan a comprender la fuerza que
esta devoción ha tenido durante generaciones.
Este año,
además, se ha notado sobremanera la ausencia de fieles en algunos de los actos
religiosos. Una circunstancia lógica después de unos días festivos en los que
muchos de los hijos de Fermoselle que regresan cada verano tienen que emprender
el viaje de vuelta a sus lugares de residencia para comenzar de nuevo ese
particular «curso escolar» que nos devuelve a la rutina.
Pero marcharse no significa olvidar. La distancia no consigue borrar el recuerdo de la Virgen, de su templo, de sus fiestas ni de todas esas tradiciones que forman parte de nuestra identidad. Muchos fermosellanos llevarán consigo, allá donde se encuentren, la imagen de la Bandera y el deseo de volver a verla el próximo año.
Ahora,
instalada de nuevo en su hornacina, la
Virgen de la Bandera descansa en su casa. Allí permanecerá durante los
próximos meses, recogiendo las plegarias de quienes se acerquen hasta ella y
esperando, como una madre que aguarda a sus hijos, el regreso de todos los que
un día tuvieron que marcharse.
Desde El Pulijón queremos pedir a la Excelsa Señora que siga protegiendo a Fermoselle y a todos los fermosellanos, estén donde estén, y que nos conceda la dicha de poder regresar el próximo año para volver a homenajearla, acompañarla y sentir, una vez más, que nuestra Patrona está junto a su pueblo.
Porque las
fiestas terminan, las calles vuelven a quedarse tranquilas y cada uno regresa a
su lugar, pero hay tradiciones que permanecen. Y entre ellas, una de las más
queridas: la Virgen de la Bandera,
siempre esperando a los suyos.
¡¡Viva nuestra Virgen de la Bandera!!
¡¡Viva Fermoselle!!






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