sábado, 8 de agosto de 2026

 EL TOQUE DE LA CAMPANA:

 FERMOSELLE VUELVE A LATIR

Todo vuelve a la triste normalidad. Si hace exactamente, es decir, el día 1 de agosto se suspendió por parte del consistorio el tradicional toque de la Campana Torera debido al pavoroso incendio que acababa de devorar buena parte del territorio del arribanzo, ahora es el propio ayuntamiento quien convoca a la ciudadanía a reunirse en la plaza mayor y en la de Santa Colomba para celebrar tal acontecimiento


Y así debe de ser ya que hay tradiciones que resisten el paso del tiempo porque no pertenecen al calendario, sino al corazón. Como cada año, en este caso con unos días de retraso, se repite el mismo instante: las doce de la mañana; el ocho de agosto; el mismo escenario, la Plaza Mayor; el mismo protagonista, la Campana Torera del Ayuntamiento; el mismo campanero, Emilio (que este año y como novedad, después de finalizar el toque tras 12 minutos sin parar, nos deleitó con un brevísimo repique –me dice- “como propina”); el mismo propósito, anunciar el comienzo de las esperadas fiestas patronales de San Agustín. Y todos esos elementos, tan sencillos y a la vez tan cargados de simbolismo, se funden en un sentimiento profundo que solo los fermosellanos pueden comprender en toda su dimensión.

Se dice que, a esa hora exacta, todos los hijos de Fermoselle, los que viven en la villa y los que un día partieron buscando nuevos horizontes, dejan por un momento lo que están haciendo y regresan con el pensamiento a su pueblo. Las distancias desaparecen. El sonido metálico y vibrante que nace en lo alto de la torre del Ayuntamiento parece recorrer caminos, ciudades y países a la velocidad de la emoción hasta colarse en los hogares de quienes nunca han dejado de querer a su patria chica.

Porque Fermoselle no es solo un lugar al que se vuelve. Es un sentimiento que nunca se abandona.

Y la tradición, fiel a sí misma, vuelve a cumplirse. La Plaza Mayor se llena de vecinos, visitantes y fermosellanos llegados de todas partes. Todos miran hacia la fachada del Ayuntamiento, casi desafiándola con la vista, aguardando la aparición del campanero. El silencio se adueña de la plaza. Apenas se escucha un murmullo contenido. Los rostros reflejan emoción, las miradas permanecen clavadas en lo alto y la respiración parece detenerse por unos segundos.

Entonces ocurre. Las manos del tañidor comienzan a mover el badajo de la campana con un ritmo frenético, poderoso, inconfundible. El tan, tan, tan... rompe el silencio y estalla sobre la plaza como un auténtico pistoletazo de salida. Es un sonido que no solo se escucha: se siente. Vibra en las piedras centenarias, rebota en los balcones, atraviesa las calles y se instala directamente en el corazón de quienes lo esperan durante todo un año.

La emoción contenida se transforma inmediatamente en aplausos, abrazos, sonrisas y lágrimas discretas. Se cruzan felicitaciones, se alzan los brazos, suenan los primeros vivas y la alegría se desborda. Las fiestas ya están aquí. Fermoselle vuelve a encontrarse consigo mismo. Aunque con una herida que se encuentra en yagas.

Esta situación, es verdad que mucho más moderna, se repite entre el vecindario de la Plazuela con el mismo ritual.

Pocas tradiciones conservan tanta autenticidad. No hay artificios, ni grandes montajes, ni efectos especiales. Solo una campana, un campanero, una plaza repleta de ilusión y un pueblo entero compartiendo el mismo sentimiento. Un espectáculo gratuito, sencillo y, precisamente por eso, irrepetible. Una ceremonia que cada fermosellano guarda en su memoria como uno de los momentos más intensos del año.


Este año no hubo reparto de los “Libros de Fiestas” pues se inició unos días antes.

Así es Fermoselle. Todo permanece igual porque hay cosas que no deben cambiar nunca. La campana vuelve a cumplir con su misión, despierta la emoción dormida durante meses y, desde lo más alto de la torre del Ayuntamiento, saluda a su pueblo e invita a vivir, un año más, las fiestas de San Agustín y parece decir:

“Y mientras suene la campana,
Fermoselle vivirá;
porque un pueblo que no olvida
jamás dejará de soñar.”

Que el sonido de la campana siga siendo, por muchos años, el latido que reúne a todos los fermosellanos, estén donde estén.

Desde El Pulijón os deseamos unas muy felices fiestas de San Agustín. Que la alegría, el reencuentro, la tradición y el orgullo de ser fermosellanos llenen estos días de momentos inolvidables. ¡Felices fiestas!

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