EL TOQUE DE LA CAMPANA:
FERMOSELLE VUELVE A LATIR
Todo vuelve a la triste normalidad. Si hace exactamente, es decir, el día 1 de agosto se suspendió por parte del consistorio el tradicional toque de la Campana Torera debido al pavoroso incendio que acababa de devorar buena parte del territorio del arribanzo, ahora es el propio ayuntamiento quien convoca a la ciudadanía a reunirse en la plaza mayor y en la de Santa Colomba para celebrar tal acontecimiento
Se dice que,
a esa hora exacta, todos los hijos de Fermoselle, los que viven en la villa y
los que un día partieron buscando nuevos horizontes, dejan por un momento lo
que están haciendo y regresan con el pensamiento a su pueblo. Las distancias
desaparecen. El sonido metálico y vibrante que nace en lo alto de la torre del
Ayuntamiento parece recorrer caminos, ciudades y países a la velocidad de la
emoción hasta colarse en los hogares de quienes nunca han dejado de querer a su
patria chica.
Porque
Fermoselle no es solo un lugar al que se vuelve. Es un sentimiento que nunca se
abandona.
Y la tradición, fiel a sí misma, vuelve a cumplirse. La Plaza Mayor se llena de vecinos, visitantes y fermosellanos llegados de todas partes. Todos miran hacia la fachada del Ayuntamiento, casi desafiándola con la vista, aguardando la aparición del campanero. El silencio se adueña de la plaza. Apenas se escucha un murmullo contenido. Los rostros reflejan emoción, las miradas permanecen clavadas en lo alto y la respiración parece detenerse por unos segundos.
Entonces ocurre. Las manos del tañidor comienzan a mover el badajo de la campana con un ritmo frenético, poderoso, inconfundible. El tan, tan, tan... rompe el silencio y estalla sobre la plaza como un auténtico pistoletazo de salida. Es un sonido que no solo se escucha: se siente. Vibra en las piedras centenarias, rebota en los balcones, atraviesa las calles y se instala directamente en el corazón de quienes lo esperan durante todo un año.
La emoción
contenida se transforma inmediatamente en aplausos, abrazos, sonrisas y
lágrimas discretas. Se cruzan felicitaciones, se alzan los brazos, suenan los
primeros vivas y la alegría se desborda. Las fiestas ya están aquí. Fermoselle
vuelve a encontrarse consigo mismo. Aunque con una herida que se encuentra en
yagas.
Esta situación, es verdad que mucho más moderna, se repite entre el vecindario de la Plazuela con el mismo ritual.
Pocas tradiciones conservan tanta autenticidad. No hay artificios, ni grandes montajes, ni efectos especiales. Solo una campana, un campanero, una plaza repleta de ilusión y un pueblo entero compartiendo el mismo sentimiento. Un espectáculo gratuito, sencillo y, precisamente por eso, irrepetible. Una ceremonia que cada fermosellano guarda en su memoria como uno de los momentos más intensos del año.
Este año no
hubo reparto de los “Libros de Fiestas” pues se inició unos días antes.
Así es Fermoselle.
Todo permanece igual porque hay cosas que no deben cambiar nunca. La campana
vuelve a cumplir con su misión, despierta la emoción dormida durante meses y,
desde lo más alto de la torre del Ayuntamiento, saluda a su pueblo e invita a
vivir, un año más, las fiestas de San Agustín y parece decir:
“Y mientras suene la campana,
Fermoselle vivirá;
porque un pueblo que no
olvida
jamás dejará de soñar.”
Que el
sonido de la campana siga siendo, por muchos años, el latido que reúne a todos
los fermosellanos, estén donde estén.
Desde El Pulijón os deseamos unas muy felices fiestas de San Agustín. Que
la alegría, el reencuentro, la tradición y el orgullo de ser fermosellanos
llenen estos días de momentos inolvidables. ¡Felices fiestas!





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