SAYAGO, NO TE VAYAS: TE NECESITAMOS
Sayago,
ennegrecido y desolado, llora lágrimas de sangre. Su tierra quemada transmite
un sufrimiento difícil de reparar. Sayago vive en tinieblas, atrapado en una
realidad de desesperanza y sumido en la desconfianza, mientras espera una mano
amiga que quizá nunca llegue.
Y en una
situación tan caótica, ¿cómo consolar al vecino de Mámoles que, desde su
balcón, casi pegado a la iglesia, pierde su mirada en el horizonte y contempla,
impotente, el desastre que se abre ante sus ojos? ¿Cómo explicar al labrador de
Palazuelo de Sayago que su palomar, recién restaurado, haya quedado reducido a
escombros por unas llamas incontrolables y caprichosas? ¿Qué decirle a la
anciana que, protegida apenas por su sombrero de paja, camina casi sin rumbo
buscando un par de ovejas que constituían su sustento diario? ¿Cómo aliviar el
dolor de la ganadera de Fermoselle que contempla entre lágrimas sus alpacas
convertidas en pavesas en cuestión de minutos?
¿Cómo
hablarles de futuro a todas estas gentes de esa llamada “España Vaciada”,
un término acuñado hace apenas unos años para describir una realidad que Sayago
conoce desde hace más de un siglo?
Porque aquí
la diáspora comenzó mucho antes. A principios del siglo XX, muchos sayagueses
emprendieron camino hacia “las Américas”. Después, en los años sesenta,
llegaron las grandes oleadas migratorias hacia los países europeos y hacia
otras zonas de España donde las economías florecían y había oportunidades de
trabajo. Familias enteras abandonaron sus pueblos en busca de una vida mejor.
Y nunca,
nunca se pusieron los medios suficientes para detener aquella sangría.
Lo mismo que
ha ocurrido durante décadas vuelve a repetirse ahora, agravado por una tragedia
que ha puesto al límite a toda la comarca. Formariz, Palazuelo de Sayago,
Mámoles, Fornillos, Pinilla, Fermoselle y tantas otras localidades han visto
cómo un incendio voraz estaba a punto de engullirlas de una tacada.
No buscan un
Sayago vaciado. Lo están
dejando morir.
Y, para
remate, aparece el gerifalte de turno declarando ante los medios, con una
tranquilidad que resulta insultante, que “tiene que verse con normalidad
cortar una zarza o un árbol”.
¡A buenas
horas, mangas verdes!
Después de
años de restricciones, prohibiciones y normas muchas veces alejadas de la
realidad de quienes viven y trabajan en el campo, ahora descubrimos que había
que actuar sobre la vegetación. ¿Ahora? ¿Después de que las llamas hayan
arrasado nuestros campos, nuestros montes, nuestros animales y el esfuerzo de
generaciones?
¡Pura
desvergüenza!
Por eso
invito al responsable de Agricultura a que, por unos días, traslade su
confortable despacho a cualquier rincón de este Sayago herido. Que se siente
aquí. Que camine por sus caminos. Que contemple lo que queda.
Que disfrute
—si todavía es posible— del paisaje de los cantuesos, las jaras, los
alcornoques, las encinas, las retamas y unos olivos que, en algunos lugares,
parecen haber desaparecido por arte de magia.
Que respire
profundamente.
Que se
empape de los aromas que flotan en el aire y que ahora se mezclan con el olor
de la ceniza y se quedan pegados a la ropa.
Y que, desde
aquí, desde nuestra tierra, se pregunte qué habrá sido de la flora y de la
fauna de este Sayago. Que descubra, quizá por primera vez, una tierra que
posiblemente muchos de quienes toman decisiones jamás hayan pisado.
Después, que
invite al resto de sus acomodados compañeros, de todos los niveles y
administraciones, a hacer lo mismo.
Que vengan. Que vean. Que
escuchen. Que recojan
con sus propias manos la sangre ennegrecida de un Sayago que se muere entre la
incompetencia, la pasividad y el abandono de quienes se proclaman elegidos por
el pueblo, pero que demasiadas veces parecen olvidar que fueron elegidos para
servirlo.
Que se
acerquen aquí. A mi Sayago. A tu Sayago. A nuestro Sayago.
No son momentos
para palabras huecas ni para discursos vacíos de contenido. La situación es
insostenible.Los vecinos
no quieren lamentaciones.
Exigen
hechos. Exigen
medidas concretas para que la pobreza de esta tierra pueda transformarse en
oportunidades, en riqueza, en empleo y en futuro. Exigen soluciones reales,
duraderas y, sobre todo, inmediatas. Hoy. No
mañana. Porque
mañana, como tantas otras veces, quizá ya sea demasiado tarde y las promesas
vuelvan a olvidarse.
Y que no nos
vengan ahora vendiendo que vivimos en un paraíso al que han concedido pomposos
títulos de Parque Natural y Reserva de la Biosfera. Que se
guarden esas titulaciones si no sirven para mejorar la vida de quienes habitan
esta tierra. Porque
Sayago no necesita más etiquetas. Sayago
necesita vida.
Necesita que
dejen trabajar a sus agricultores y ganaderos. Necesita cuidar sus montes y sus
campos. Necesita población, servicios, oportunidades y futuro. Necesita que
quienes toman decisiones comprendan que conservar un territorio no significa
abandonarlo a su suerte, sino permitir que quienes lo habitan puedan vivir
dignamente de él.
Dejen en paz
a sus vecinos, sí, pero no para que sobrevivan resignados, sino para que,
cuando pasen los años, puedan volver a disfrutar de estos parajes como lo
hicieron cuando eran niños.
Porque, a
pesar de la pobreza y de las miserias que siempre acompañaron a esta tierra,
aquellos niños eran —o intentaban ser— dichosos.
Era otro
Sayago. Un Sayago
pobre, sí. Sayago
humilde. Pero un
Sayago vivo. Un Sayago
donde se podía respirar, trabajar, convivir y descansar. Hoy, después
del fuego, solo queda una pregunta que nos golpea por dentro:
¿Qué Sayago
queremos dejar a nuestros hijos?
Yo lo tengo
claro. No quiero un
Sayago vacío. No quiero un Sayago abandonado. No quiero un Sayago convertido en un recuerdo. Quiero un
Sayago vivo, cuidado, respetado y con futuro.
Por eso, hoy
más que nunca, lo proclamo alto y claro, con el corazón roto pero con la
esperanza todavía intacta:
""SAYAGO, NO TE VAYAS. TE NECESITAMOS.""