VIVE LA SEMANA SANTA EN FERMOSELLE
Silencio,
tradición y luz
La Semana
Santa de Fermoselle se vive sin estridencias ni excesos; todo se expresa en
forma de vivencia íntima y profundamente espiritual. El silencio acompaña el
lento discurrir de las imágenes sagradas por las calles y rincones del pueblo,
mientras los vecinos participan viendo, cantando y orando.
En
Fermoselle la fe se respira en cada esquina, en cada paso contenido, en cada
mirada emocionada. Las tallas, heredadas de generaciones pasadas, son memoria
viva de un pueblo que las acompaña con una entrega que conmueve.
Los
desfiles procesionales se inician el Jueves Santo. Finalizados los Santos
Oficios entra en escena la efigie del Nazareno, que con paso lento y firme, se
abre camino entre los fieles seguido por su Madre, la Dolorosa. Pasada la
Portilla, imágenes y fieles se enfilan
hasta el descendimiento donde se produce cierta emoción al girar en torno al
lugar, debido a su estrechez. Ya en la penumbra del atardecer se regresa a la
parroquial.
Y llega la media noche de este Jueves con uno de los
momentos más sobrecogedores. A las once, en el interior del templo, los
cofrades del Cristo de la Agonía se alinean en el pasillo central. El silencio
es absoluto. El sacerdote pronuncia la invitación al compromiso, y ellos
responden con un juramento firme: “guardar
silencio durante toda la procesión.” Un silencio que no es vacío y que
afecta a todos los acompañantes.
Un silencio que conmueve más que cualquier
palabra. La procesión inicia su largo recorrido: Plaza Vieja, el Seco, Las
Eras, Cuatro Calles, Santa Colomba y El Arco medieval donde alcanza su instante
más delicado. El paso a través del ojo se vuelve preciso, casi ritual, para
evitar que los brazos de la cruz rocen la piedra centenaria. En ese instante,
el tiempo parece detenerse: la dureza de la roca y la fragilidad del cuerpo
representado crean un contraste que deja una huella imborrable.
La madrugada
del Viernes Santo trae consigo uno de los episodios más intensos: el encuentro entre Madre e Hijo. En la
confluencia de las calles Isidro Cabezas y Amargura, aún envueltas en la
frescura del amanecer, las imágenes de Jesús y María se enfrentan en un diálogo
mudo. No hacen falta palabras: en sus rostros se adivinan el dolor, la pérdida
y un amor infinito que trasciende lo humano.
Al atardecer,
en las afueras, se celebra el entierro del Cristo Yacente. Desfilando entre la
sucesión de cruces de piedra que a modo de Vía Crucis acoge al séquito fúnebre llega
el cuerpo del “Cristo de la Urna” frente a la puerta del cementerio, después de
girar en torno al descendimiento. La Virgen de la Soledad acompaña, desgarrada,
el último trayecto de su Hijo. Los cargadores, fieles a la tradición, ejecutan
las tres genuflexiones al grito ancestral entonado por un feligrés veterano que
es repetido con fervor por todos los asistentes:
“¡A la una, a las dos y a las tres!”
Un eco que
atraviesa generaciones y mantiene viva la esencia del rito.
Y, como en
toda historia de dolor, llega la luz. En la Plaza Mayor, bajo la claridad de la
mañana de Pascua, la Resurrección irrumpe como un soplo de vida. Cristo
resucitado es alzado ante un pueblo que lo recibe con emoción renovada. La
tristeza se transforma en esperanza, y la plaza entera late con la certeza de
que la luz siempre sigue a la oscuridad.
Así es la
Semana Santa en Fermoselle: contenida,
profunda, auténtica. Una experiencia que no se contempla: se vive. Quien la descubre no regresa
igual; vuelve con el alma más llena, el espíritu renovado y el corazón más
cerca de lo eterno.
Jesús ha
resucitado. Hasta el próximo año. FELICES PASCUAS.