AGOSTO, EL MES GRANDE DE FERMOSELLE
Ya se divisa
en el horizonte el mes de agosto, el mes grande de Fermoselle. El mes que huele
a pueblo, a reencuentros y a fiesta; el mes en el que las calles vuelven a
llenarse de voces conocidas y las casas recuperan la vida que durante buena
parte del año permanece en silencio.
No es exagerado decir que agosto es el mes de las fiestas. Basta con echar un vistazo al calendario para comprobar que apenas hay jornada sin algún motivo para reunirse. Y, conforme avanza el mes, especialmente en su segunda quincena, la Villa del Arribanzo se transforma en un escenario permanente de convivencia y alegría.
Los festejos
taurinos se alternan con las actuaciones folclóricas, las verbenas, los
conciertos, las competiciones deportivas, las actividades culturales, los
encuentros gastronómicos y tantas otras iniciativas que hacen imposible
permanecer en casa. Hay propuestas para pequeños y mayores, para los vecinos de
siempre y para quienes llegan buscando unos días de descanso. En agosto nadie
tiene tiempo para aburrirse; hasta el más reacio acaba dejándose llevar por el
ambiente festivo.
Pero si algo distingue verdaderamente a este mes no son solo sus celebraciones, sino el regreso de quienes nunca dejaron de sentirse fermosellanos. Vuelven los hijos del pueblo que la vida llevó lejos, regresan familiares y amigos, y con ellos renacen abrazos que parecían guardados desde el verano anterior.
Es entonces
cuando las bodegas, las plazas y las terrazas recuperan su auténtico sentido.
Alrededor de una mesa o de una copa del buen vino de la tierra, las
conversaciones se suceden sin prisa. Se recuerdan vivencias, se comentan las
noticias del último año, se habla de los hijos, de los nietos, de los proyectos
que vendrán y, cómo no, de aquellos que ya no están pero siguen ocupando un
lugar privilegiado en la memoria de todos.
Agosto tiene esa virtud que pocos meses poseen: consigue detener el tiempo. Durante unos días desaparecen las prisas, las obligaciones y las preocupaciones cotidianas para dejar paso a lo verdaderamente importante: disfrutar de la familia, de los amigos y del privilegio de volver a caminar por las calles que nos vieron crecer.
Por eso,
cuando decimos que agosto es el mes grande de Fermoselle, no hablamos
únicamente de fiestas. Hablamos de identidad, de raíces, de pertenencia.
Hablamos de ese sentimiento difícil de explicar que experimenta quien, después
de muchos meses de ausencia, vuelve a cruzar el arco del pueblo y siente que
nunca dejó de estar aquí.
Dentro de
muy poco agosto abrirá sus puertas. Fermosellanos de nacimiento, de adopción y
cuantos aman esta tierra estamos preparados para recibirlo como merece: con los
brazos abiertos, el corazón dispuesto y la ilusión intacta.
Que empiece
la fiesta. Que vuelvan los abrazos. Y que, un año más, Fermoselle vuelva a ser
el hogar de todos.


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