A VUELAPLUMA
ROBERTO
FARIZA GONZÁLEZ
“LA MALDICIÓN DE LA CIGÜEÑA”
Roberto Fariza nació en
la localidad asturiana de Novellana aunque se siente fermosellano por los
cuatro costados. Durante muchos años ha desarrollado su trabajo en la Guardia
Civil en las especialidades de fronteras y seguridad ciudadana.
En la actualidad
se encuentra en la reserva activa. Persona con gran riqueza de aficiones entre
las que destaca la de escritor, viticultor, tamborilero, cocinero y gran
conocedor de los Arribes del Duero. Ha publicado dos libros: “Historias y
leyendas de Fermoselle” y “Diccionario fermosellano”. Ahora prepara otro sobre historias
y realidades en torno al contrabando.
Vamos con una de las
leyendas, tal vez la más conocida en Fermoselle:
“Viernes Santo, todos
los vecinos se acercan a la iglesia parroquial Nuestra Señora de la Asunción
para comenzar la procesión hacia la ermita de la Soledad, ensayaban mentalmente
el salmo que más tarde cantarían al Cristo Descendido.
Las cigüeñas habían
anidado más que nunca, y ya no solo ocupaban el campanario de la iglesia o el
de la ermita de Santa Colomba, también sobresalían nidos en muchos tejados de
casas, pajares e incluso en árboles altos. Aquel año había vuelto el hijo de
Simón, un raterillo que acababa de ser liberado de la cárcel y que también
acudía a la llamada para acompañar en procesión al Santo Cristo, a quien tanto
se había encomendado en sus largos días encerrado tras los barrotes de la
prisión.
Por la mañana, todos
habían colaborado para preparar el Calvario donde también, desde tiempo
inmemorial se hacía una representación en la que se desclavaba el Cristo de la
Bendita Cruz y era conducido por los asistentes en procesión hasta la iglesia
parroquial.
Se habían cuidado
todos los detalles, se habían sacado y abrillantado los jarrones con sus flores
y se había sujetado la Cruz, y colgado de ésta el manto o sudario del Cristo,
el mismo que serviría para descender el santo cuerpo una vez que fuera
desclavado. Doblaban las campanas lentamente, de forma triste y acompasada,
mientras se iban congregando los hombres y mujeres de la tierra, así como
amigos y parientes que habían venido de los pueblos cercanos a acompañarlos en
día tan señalado. Cuando el sacerdote llegó revestido a la plaza donde se
desarrollaba la ceremonia, comprobó con desasosiego, que el manto de la Cruz,
que había sido colocado horas antes en la misma, había desaparecido. Todos los
presentes, al ver la cara de asombro de su párroco, levantaron la vista
anonadados, porque no sabían quién podría haber cometido tal robo. Llegaba Simón por una
callejuela que conducía a la plaza, y todos lo miraron con ojos acusadores. Iba
satisfecho, preparado para cargar con la imagen y arrodillarse con ella,
arrepintiéndose por su vida pasada. Se quedó quieto en una esquina de la plaza,
mientras que un ligero murmullo se iba extendiendo y haciendo cada vez más
fuerte. El sacerdote, sin saber cómo descubrir al ladrón, mientras iniciaba la
plática con la que comienza la función del Descendimiento, maldijo al que había
robado el manto del Cristo con estas palabras:

“Quiera Dios Nuestro
Señor y el Santo Cristo Descendido, su único Hijo, que aquel que haya cometido este acto ignominioso no pueda
volver al pueblo y quede maldito por siempre jamás.” Todos dijeron amén, y
el acto comenzó. Simón fue uno de los
que ayudaron a desclavar el cuerpo maltratado de Cristo y ayudó a portar las
andas de la Urna.
El pueblo no dejaba
de mirarlo con aire acusador, pero él caminaba tranquilo, cantando el salmo que
desde pequeño había aprendido de sus padres y que tanto le ayudara a
sobrellevar la soledad de su encierro. De pronto, todas las
cigüeñas del pueblo comenzaron a sobrevolar la comitiva y desaparecieron por el
horizonte, sin que nadie supiera explicar el por qué. Al llegar a la iglesia,
comprobaron todos que la tela pendía del nido de la cigüeña en lo alto del
campanario.
Desde aquel año, y de
esto hace ya mucho tiempo, no ha vuelto a anidar ninguna cigüeña en Fermoselle.
El cura hizo que Simón se situara al lado derecho del Cristo, como el buen
ladrón de la historia evangélica y que todos aquellos que hubieran dudado de él
pasaran por delante inclinando la cabeza como señal de respeto. Todo el pueblo
realizó dicha ceremonia, y desde aquel día nunca volvieron a dudar de ningún hombre
por muy oscuro pasado que tuviese.
Estos últimos años la
cigüeña visita en el mes de febrero la localidad de Fermoselle, e incluso se
atreve a colocar unas vides en lo alto el campanario del santuario Nuestra
Señora Virgen de la Bandera, con lo cual parece estar cerca el final de la
maldición que el párroco pronunció aquel Viernes Santo”.