¡¡SANTA CRUZ, SANTA CRUZ, SANTA CRUZ!!!
Como ordena la tradición los
fermosellanos celebran con todo boato y
religiosidad la festividad litúrgica del
lunes de Pentecostés. Y lo hacen en una jornada en la que se entremezclan
aspectos religiosos y profanos en torno
a la ermita del Cristo del Pino, también conocida como Santa Cruz.
En una mañana fresquita pero
muy apacible y con un tiempo en que los campos se visten con su traje
primaveral preñado de múltiples colores y rebosante de vida, partió la comitiva
desde la plaza mayor a las diez y cuarto de este día festivo en la localidad,
camino de la ermita. Encabezaban la comitiva
los tamborileros del “Juan de la Encina”, que durante todo el recorrido
interpretaron canciones romeras, seguidos por jóvenes mayordomos, parte de la
corporación municipal, el párroco y un puñado de vecinos.
A las once, como figuraba en
el programa, se inició la eucaristía en el templo, bellamente engalanado y que
se encontraba abarrotado de fieles. El oficiante, D. Mariano, hizo una
reflexión muy precisa sobre el evangelio del día de Pentecostés. Finalizó el
acto religioso con la interpretación por parte del tamborilero Agustín Borges
de una pieza musical cuya letra y música ha sido compuesta por él. Su
estribillo dice:
“Santa Cruz, Santa
Cruz, Santa Cruz,
En la ermita del
Cristo del Pino,
Celebramos la fiesta
anual,
Esta fiesta del
Cristo divino.
Santa Cruz, Santa
Cruz, Santa Cruz,
Romería para
disfrutar.
“Pa” comer, beber y
cantar,
“Pa” comer, beber y
bailar.”
Al
salir a la explanada hubo invitación “oficial” y gratuita, para todos cuantos
lo quisieron, a base de un rico y auténtico chocolate, del de siempre,
acompañado por unos bizcochos que
sabían a gloria a esas horas cercanas a las doce. La mañana continuó con mucha
alegría compartiendo entre los diferentes grupos el día a día, con los
tamborileros, incansables, amenizando el cotarro y algunas parejas que se
soltaban bailando las típicas jotas. Tal vez se echó en falta aquel juego del
corro con el “Tía María, ¿está hecho el chocolate?”
Llegado
el mediodía, los romeros se fueron reuniendo en sus bases gastronómicas
repartidas en torno a la ermita y en fincas adyacentes, mientras que algunos
otros se dirigieron al pueblo para realizar la comida en casa y en los
restaurantes.
A
la tarde el ambiente festivo continuó con la
misma tónica que horas anteriores. Música, baile, canciones y, por
supuesto, todo alrededor de los asados de carne que les llevó hasta el
atardecer con la vuelta en romería a la plaza mayor.
Fuente de alguna foto: Francisco Varas