sábado, 6 de junio de 2026

 ¡¡YA ESTÁ LA MADERA EN LA PLAZA!!

 «¡Ya está la madera en la plaza, ya está la madera en la plaza!». La expresión, cargada de simbolismo y emoción, vuelve a resonar por todos los rincones de Fermoselle. Son palabras sencillas, transmitidas de generación en generación, pero capaces de anunciar con precisión el inicio de uno de los momentos más esperados del calendario festivo de la Villa. Con ellas se proclama que junio ha comenzado y que, una vez más, el corazón de Fermoselle empieza a latir al ritmo de sus tradiciones más arraigadas.


Las maderas, dormidas desde el pasado mes de septiembre en pajares y corrales donde el tiempo parece transcurrir más despacio, despiertan ahora de su largo letargo. Poco a poco van apareciendo en la Plaza Mayor, emergiendo como las obreras de un inmenso hormiguero que, guiadas por una sabiduría ancestral, conocen perfectamente la tarea que les aguarda. Allí reposan ordenadas según sus dimensiones y características: tablones, vigas, pendolones y talanqueras aguardan pacientes el momento de ocupar el lugar que les corresponde dentro de una obra singular que se repite cada año y que, sin embargo, nunca deja de despertar admiración.

Cada pieza tiene una función determinada. Ninguna sobra, ninguna resulta insignificante. Todas cumplirán fielmente el cometido para el que fueron concebidas, obedeciendo las indicaciones de quienes, con experiencia heredada y manos expertas, dirigen el complejo montaje. Es un trabajo colectivo donde la tradición y el conocimiento popular sustituyen a los planos y manuales, y donde la memoria de los mayores continúa guiando los pasos de las nuevas generaciones.


Desde los primeros días de junio la Plaza Mayor se va transformando por completo. Lo que habitualmente es un espacio abierto de encuentro y convivencia comienza a cubrirse con un entramado de madera que ocupa toda  su superficie. Las talanqueras o puntales fundamentales ya han sido colocados, erigiéndose como las vigas maestras que sostendrán la estructura de los tendidos. Sobre ellas irá creciendo, día tras día, una construcción efímera pero extraordinaria, fruto del esfuerzo común y del orgullo de todo un pueblo.

Poco a poco, ante la mirada curiosa de vecinos y visitantes, el ágora fermosellana se convertirá en un auténtico coso taurino, original como pocos pueden encontrarse en nuestra geografía. No se trata únicamente de una plaza para la celebración de festejos taurinos; es mucho más que eso. Es el escenario principal donde convergerán actos, galas, encuentros, celebraciones y momentos de convivencia que darán vida a las fiestas estivales. En torno a ella girará buena parte de la actividad social de la Villa durante los días más esperados del verano.


Cuando llegue agosto y los tendidos estén completamente terminados, las gentes de Fermoselle ocuparán cada rincón de esta singular construcción con la naturalidad de quien regresa a su hogar. Desde allí compartirán conversaciones, recuerdos, chascarrillos y anécdotas acumuladas durante todo un año. Volverán a encontrarse familiares, amigos y vecinos; se renovarán vínculos y se fortalecerá ese sentimiento de pertenencia que caracteriza a quienes aman esta tierra.


Porque esta plaza de madera no es únicamente una estructura levantada para unas fiestas. Es un símbolo vivo de la identidad fermosellana. En cada tablón y en cada viga se encuentran reflejados el esfuerzo, la ilusión y el legado de quienes nos precedieron. Constituye una parte esencial del patrimonio inmaterial de la Villa, una herencia que nuestros antepasados supieron conservar con esmero y que han transmitido hasta nosotros para que continúe formando parte de nuestra historia colectiva.


Este rincón popular, que rezuma fermosellanismo por todos sus poros, representa la unión entre pasado y presente. Es la prueba palpable de que las tradiciones sobreviven cuando una comunidad las siente como propias y las mantiene vivas con orgullo. Por ello, más allá de su utilidad festiva, la plaza de madera merece ser contemplada como un monumento a la memoria compartida, un símbolo imperecedero que recuerda quiénes somos y de dónde venimos, y que merece permanecer presente en el corazón de todos los fermosellanos durante cada día del año.

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