FERMOSELLE SONÓ EN EL CORAZÓN DE TADEO
A TRAVÉS DEL ÓRGANO PARROQUIAL
¡¡Quién le iba a decir a Tadeo, pequeño músico de la peña El Pulijón de Fermoselle, que se encontraría con una sorpresa monumental que guardará para siempre entre sus recuerdos!!
A su llega fueron recibidos por Joaquín y parte de su equipo con cercanía, abriéndoles las puertas de un mundo casi mágico. De inmediato les fueron presentando los diferentes espacios artesanales, las diversas áreas de trabajo y las herramientas y elementos principales para la ejecución de sus labores, como: cepillos de mano, formones, gubias, sierras de cinta y de mesa, prensa, sargentos, plantillas y reglas, mandriles, soldadores y sopletes, conos, cuernos y martillos de afinación, diapasones, calibres, escuadras, taladros y brocas. Los operarios les ofrecieron explicaciones elementales sobre los procesos para construir o restaurar un órgano desde la elaboración de los tubos hasta su montaje final. Esta actividad les ha permitido descubrir un oficio artesanal de gran valor cultural. Allí comprendieron que no solo se construyen instrumentos: se conserva la memoria, se protege la belleza, se mantiene viva la música.
Y fue entonces cuando algo cambió. En medio de la visita, surgió una revelación inesperada: ante ellos se encontraba parte del mueble y el teclado del órgano de Fermoselle, una joya del siglo XVIII construida por José Liborna de Echevarría. Aquel órgano, recién restaurado con mimo y paciencia por el equipo de Lois, esperaba su regreso a casa, a ese rincón zamorano donde volvería a llenar el aire de sonido y emoción. En ese instante, todas las miradas se posaron en Tadeo. Porque Fermoselle no es para él un nombre cualquiera. Es el lugar de sus abuelos, de sus raíces, de su historia. Es, en cierto modo, parte de quien es. Y allí estaba, frente a él, un pedazo de ese lugar tan querido, latiendo en forma de madera, tubos y silencio contenido.
Tadeo, amante de la música (es componente de la charanga “Los Atronadores” del Pulijón) y compañero fiel de varios instrumentos, sintió algo difícil de explicar: una mezcla de orgullo, emoción y asombro. No dudó en acercarse, en contemplarlo con respeto, en hacerse una foto para atrapar ese instante que ya sabía irrepetible. Pero lo más especial estaba aún por llegar: pudo adentrarse en las entrañas del órgano, recorrer sus “tripas”, descubrir sus secretos, como quien escucha el corazón de algo vivo.
Quizá en ese momento comprendió que la música no solo se escucha: también se hereda, se cuida, se siente. Y mientras salía del taller, con la emoción todavía vibrando por dentro, Tadeo sabía que aquel no era un final, sino un comienzo. Porque muy pronto, en Fermoselle, ese órgano volverá a sonar. Y cuando lo haga, él lo escuchará de una manera distinta. Como quien reconoce, entre todas las notas, un pedacito de sí mismo.
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