FERMOSELLE…
HE AQUÍ NUESTRO NAZARENO
de la túnica morada,
con la frente
ensangrentada,
la mirada del Dios
bueno
y la soga al cuello echada.”
Bajo el frío del amanecer, cuando el silencio parece inclinarse ante lo sagrado, comienza en Fermoselle a abrirse paso una figura que no pertenece del todo a este mundo. El murmullo se apaga, las miradas se inclinan, y el aire mismo parece contener la respiración. Hay algo antiguo y profundo en ese instante, algo que atraviesa generaciones y memorias.
Se desplaza lentamente envuelto en un recogimiento que no necesita palabras. La túnica morada arrastra consigo siglos de fe y penitencia; cada pliegue guarda el eco de promesas, culpas y esperanzas. En su rostro, marcado por el dolor y la entrega, se reconoce una humanidad que conmueve y una divinidad que sobrecoge. Sus ojos vidriosos, casi apagados por los sufrimientos y la angustia, parecen caer para la eternidad. Su frente ensangrentada desprende salpicaduras hacia quienes le arropan en su marcha. No es solo una imagen la que pasa: es el reflejo de una historia compartida, de un sacrificio que aún hoy interpela a quienes lo contemplamos.
Y en ese transcurrir solemne, entre el
rumor de los pasos y la emoción contenida, el tiempo parece detenerse, como si
todo existiera únicamente para ese momento en que el Nazareno cruza, lento y
eterno, ante los ojos del pueblo.
“Caminábamos sombríos
junto al dulce
Nazareno,
maldiciendo a los
Judíos,
«que eran Judas y unos
tíos
que mataron al Dios bueno.”
Se avanza en silencio, con ese
recogimiento extraño que todavía despiertan algunas procesiones, siguiendo la
imagen de este Nazareno fermosellano que tantas miradas arrastra mientras
progresa entre las primeras luces y los destellos de móviles. Su destino final
se encuentra cercano y él lo sabe y lo soporta.
caminaba y cuán
doliente
con la cruz al hombro
echada,
el dolor sobre la
frente
y el amor en la mirada!”
Se acerca el encuentro con su Madre que desciende por la Amargura. Lo hace despacio entre los que creen y le siguen, sin prisa, como quien sabe que cada paso pesa. No lleva ya una cruz de madera, sino el cansancio visible de la vida: las preocupaciones, las pérdidas, las responsabilidades que se acumulan sin hacer ruido. En el rostro se le notaba el desgaste, las noches largas, las dudas, pero en la mirada sigue habiendo algo distinto: una manera de mirar a los demás sin dureza, con una especie de paciencia que hoy resulta rara. Y mientras seguía adelante, parece recordarnos que, incluso cargando con lo que pesa, todavía es posible hacerlo sin perder del todo la humanidad.
Este es nuestro Nazareno. Cruza tu
mirada con la suya y reflexiona.
(Los versos se han entresacado del
poema “La Pedrada” de Gabriel y Galán).


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